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Por Narrador - 14 de Junio, 2006, 5:38, Categoría: Opiniones (Comentaristas)

La Tregua” por José María Carrascal

   

Antes de entrar a analizar la tregua anunciada por ETA, que sin duda habrá que hacer con tanta profundidad como amplitud, es preciso dejar claro su procedencia. Se ha hecho: primero, sin el acercamiento de los presos de ETA al País Vasco; segundo, con la mesa «nacional» de HB en la cárcel; y tercero, con el diario «Egin» cerrado.

O sea, que no llega por concesiones del Gobierno, sino por su firmeza. Si el Gobierno hubiera cedido, como pedían tantos, posiblemente lo máximo que hubiéramos conseguido hubiese sido una tregua todavía más precaria y el crecimiento de los terroristas, que saldrían con mayores exigencias. Esto no lo reconocerán nunca los nacionalistas vascos, pero ahí están los hechos, innegables, que los demás tampoco olvidaremos.

Sobre esta base, cabe ya preguntarse qué hay detrás de la oferta de ETA. ¿Debilidad? ¿Búsqueda de votos para EH ante las próximas elecciones? ¿Un respiro mientras reconstruye sus golpeados cuadros? ¿Adaptación a los nuevos tiempos que surgen tras el encauzamiento del conflicto irlandés? Pues posiblemente todas esas cosas juntas, que tienen un denominador común: el deseo de la paz entre una población harta de violencia. Hasta ahora, ETA apostaba sólo a matar, a amedrentar, y pobre del que dentro o fuera de sus filas sugiriese hacer la más mínima concesión. Se la jugaba. Hoy es ella misma la que adopta esa postura. Posiblemente sea ponerse la piel de oveja sobre su piel de lobo, pero lo importante es que se le haya obligado a ponérsela. Que haya tenido que dejar de matar, siquiera por un tiempo, que no haya conseguido hacer doblar la rodilla al Gobierno, que, en fin, no se haya salido con la suya, pese a sus crímenes y a las melífluas voces de sirena que desde los estamentos más distintos, incluidos los eclesiásticos, se nos venía incitando a ceder. La paz con los violentos no se logra desde la debilidad. La debilidad sólo aumenta su apetito. Es una lección que los demócratas aprendieron en Munich frente a Hitler, pero que aquí muchos no han aprendido todavía. La paz frente a los violentos se logra desde la firmeza, desde el absoluto respeto a la Ley.

Sentado esto, conviene advertir del segundo peligro de esta «tregua-trampa», como la llama el ministro de Interior. Tan erróneo sería creer que ETA ha cambiado de la noche a la mañana como contentarse con el desenmascaramiento de sus motivos e intenciones. ETA ha movido ficha y es necesario reaccionar a su jugada. Quedarse inmóvil le daría la ventaja propagandística que busca. No hay que olvidar que en Euskadi hay bastantes dispuestos a creer en ETA casi tanto como Hillary Clinton cree en la fidelidad de su marido. No importan las veces que les hayan engañado, siempre están dispuestos a creerla otra vez. Es por lo que, sin bajar ni un milímetro la guardia, hay que coger a ETA por la palabra: si realmente está dispuesta a abandonar la violencia, que sea definitivamente. Si la abandona definitivamente, habrá medidas de gracia y plenas garantías de que podrá buscar democráticamente sus objetivos, incluida la independencia de Euskadi, siempre dentro del marco legal. No hay duda de que se abre una oportunidad. No sabemos si pequeña o grande, verdadera o falsa. Pero no puede desaprovecharse. Y la mayor ironía sería que después de haber resistido sus presiones criminales, fuéramos a perder ante su suavidad, auténtica o forzada.

En cualquier caso, que ETA deje de matar, aunque sea sólo por unos días, es una buena noticia para todos, empezando por los más amenazados, los concejales del PP en el País Vasco. Eso sí, hay que estar también preparados para que, en cualquier momento, esa máquina de asesinar en que se ha convertido se ponga de nuevo en marcha. Pero de momento, se la ha forzado a detenerse. Y el mérito es de ese hombre tranquilo y tenaz, Jaime Mayor Oreja, que ha sabido resistir las bombas y los cantos de sirena para mantener su rumbo y llegar a buen puerto. Ese sí que es un vasco que está defendiendo la paz y los intereses de su pueblo.

   

Publicado en ABC el 18 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Pensar” por Federico Jiménez Losantos

   

Pensar se ha convertido en algo muy mal visto en las últimas horas. Parece que el que intenta poner un poco de orden en las sensaciones, las noticias, los entusiasmos y el estrépito es un malvado aguafiestas o algo mucho peor. Aceptémoslo. Pero no renunciemos a lo único que frente al poder nos queda a los ciudadanos. Más vale pasar por malo que aceptar la condición de tonto.

Y si se piensa un poco en medio de la batahola mediática, ¿qué vemos? Pues a unos partidos que no quieren ni la existencia de España, ni su legalidad, ni tampoco su democracia y que, a pesar de que se llaman democráticos, se han unido a los criminales en un frente de tipo electoral al margen de los dos grandes partidos españoles, el PSOE y el PP, que tienen además el apoyo de la mitad de la población vasca. Estamos pues, antes de la tregua, alto el fuego o como quiera llamarse, ante un paso político que sólo puede producir un cierto repelús ético y moral. Porque cuando la condición nacionalista es más importante que el respeto a la vida humana y a la pluralidad política, el repelús se impone.

El alto el fuego llega tras esa ruptura del frente democrático por los nacionalistas y viene presentado como un mérito extraordinario que no sabemos en qué consiste, porque para dejar de asesinar lo único que hay que hacer es precisamente eso: dejar de asesinar. Que los que podían ser asesinados se alegren es natural. Que se entienda ese alivio como prueba de la virtud de los terroristas y de sus aliados nacionalistas resulta un sarcasmo verdaderamente irritante. Las víctimas deben dar las gracias de que no los maten. ¿A quiénes? A quienes no los matan. Pues si ésas son las bases para construir una sociedad vasca plural, libre y democrática, extrañas bases parecen. Extrañísimas.

El comunicado etarra habla de que se ha conseguido una nueva correlación de fuerzas gracias al fracaso de la vía autonómica, esto es, de la vía legal de hacer política en el País Vasco. Si ese fracaso es cierto, si no se limita a la persistencia del terrorismo, sino a la voluntad de los partidos nacionalistas de abandonar la legalidad, habrá que reconocer que quienes dudan de este gesto de ETA, por añadidura en campaña electoral, tienen razones para ello. No se entierran las pistolas pero se anuncia el funeral de la legalidad. Y, además, no es posible dejar de pensar en Argel. Mala cosa, pensar.

     

Publicado en EL MUNDO el 18 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Gracias, muy amables” por Martín Prieto

   

En esta historia de la primera tregua indefinida de ETA tiene que haber algunas cosas que no se han explicado. Xabier Arzalluz empezó asegurando que en el tablero etarra se estaban moviendo algunas fichas; y Joaquín Almunia, en solitario, con un par de narices, y sin explicar a nadie a cuento de qué venía la petición, incita a la banda a la suspensión de la lucha armada. ¡Qué casualidades! La experiencia induce a no confiar en ellas. Todavía no sabemos lo que es esto, pero sí está claro que algunos han cogido con el paso cambiado al presidente José María Aznar (el pobre en el Perú), y al candidato José Borrell, que cada día lo es más.

Ya saben lo que dicen del Brasil: que es el país del futuro y que siempre lo será. Confiemos los esperanzados en que Cristina Narbona le oriente mejor y le proteja de los muchos enemigos que tiene en su propio partido. Un factor táctico clásico y mil veces puesto en práctica con éxito es fijar a tropas adversarias más numerosas con un mínimo de efectivos. ETA, una vez más, tiene a España sujeta por los mismísimos mediante una declaración profusa, confusa y difusa de cuatro folios ante la que, es obvio, cualquier nacido de mujer ha de alegrarse, porque en ella nos perdonan la vida. Muchas gracias, muy amables, quedaremos eternamente reconocidos porque dejen de asesinar a las personas. Se lo vamos a agradecer casi tanto como a Barrionuevo, a Vera y al resto de la Santa Compaña, que dejaron de matar etarras por encargo del señor X. Dos barbarismos no equitativos pero filosóficamente iguales.

La independencia del País Vasco, en estos finales del siglo es cuestión artificial en la Historia de España, hija expósita de la Guerra Civil, que no se la creerían todos los marinos vascos que nos llevaron a América. Dudo que Lope de Aguirre en su locura de los marañones entrando en la Amazonia, entendiera la necesidad de hacer de Euskadi un Estado. Pero así sea si a todos nos conviene. Si España ha de ser desmembrada, que todos los partidos democráticos, nacionalistas o españolazos acuerden que nunca volvamos a matarnos entre nosotros.

Todo esto suena a un disparate en el que nos ha metido la tregua de ETA, pero que nos deja una interrogante: ¿Alguien de ese Gulag del movimiento de liberación vasco, de diseño, estará intentando casar una neurona con otra dándose cuenta de que, a lo peor, nacionalistas y españolistas, pueden empatar en octubre, y que las bestialidades convienen mucho a la literatura, pero que a nada conducen en una sociedad democrática que vota libremente? Abraham Lincoln fue hombre de paz, pero asumió una guerra atroz, la de Secesión, negando a los Estados del Sur su autodeterminación. En este país tan raro necesitamos a alguien con el coraje moral del gran presidente estadounidense que diga que España hace algunos siglos que está hecha. Además ni en el PNV se enteran: la Europa de Maastricht ni es de pueblos ni de regiones, sino de estados. Es centrífuga y no centrípeta.

    

Publicado en EL MUNDO el 18 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Una oportunidad para que la tregua dé paso a la política” por German Yanke

  

Como ante la tregua hay esperanza (y me refiero más a una sensación general de la opinión pública que a los análisis de los gabinetes políticos), todos querrán colocarse la medalla, aunque lo hagan más o menos veladamente. Y todos tendrán algo de razón, porque los acontecimientos importantes, e incluso las oportunidades que a una sociedad se le abren en determinados momentos, no dependen nunca de una línea causal unívoca y simple, sino de la mezcla y concatenación, y también de los efectos de la oposición, de variados motivos y empresas.

El acontecimiento, y la oportunidad, de hoy, porque hoy comienza «el alto el fuego general» que ETA anunció en su comunicado del miércoles, no tienen su fundamento inmediato en un cambio de los objetivos de la organización terrorista. En el largo comunicado se explicitan con inmoderada contundencia, y hasta con el tono mesiánico de quienes creen que su voluntad última no sólo debería ser la de la mayoría -porque siempre hay que dejar un resto de adversarios para la retórica dialéctica-, sino que, de hecho, será así cuando los velos de la ignorancia o de la maldad de los enemigos sean abatidos: su proyecto, inmutable por el momento, es, naturalmente desde su peculiar punto de vista, el del Pueblo Vasco.

Ser cruel no significa carecer de inteligencia, ni ser mesiánico implica no tener estrategia y esperar simplemente la llegada de una suerte de elemento benefactor que coloque las cosas y las personas en el lugar que se desea. En ese escenario se precisa un agente que, hasta ahora, ha sido la violencia terrorista, con la que se ha pretendido doblegar las voluntades contrarias, que son mayoritarias, y conseguir objetivos mediante la exigida negociación. Como tampoco es inexistente la inteligencia, el cambio de estrategia, dejando a un lado las acciones armadas de modo «total» y por tiempo «indefinido», no evidencia que los dirigentes de ETA hayan advertido que este camino, aún provisional, sea más eficaz para conseguir sus metas -como a menudo se les aconseja con paradójica ingenuidad-, sino más bien que han reparado en el agotamiento táctico de una vía ocupada totalmente, o al menos dominada sin fisuras, por la violencia. Es decir, estoy seguro de que la causa de la tregua no es la convicción moral de que el terrorismo es éticamente inaceptable, sino la constatación de que resulta, hoy y ahora, inconveniente, más perjudicial que beneficioso, para que las cosas (el estado de opinión, la actitud del Gobierno y de los partidos políticos, sus propios apoyos sociales, etcétera) se muevan en la dirección que ETA desea.

Colocar la tregua en esas coordenadas no es, ni mucho menos, devaluar su importancia o limitar el territorio de oportunidades que abre. Para analizar éstas habrá que remontarse un poco en el tiempo y repasar, aunque sea a vuelapluma, algunos de los factores que han podido sustentar ese cambio estratégico. En primer lugar, desde hace ya bastantes años han ido surgiendo voces críticas en el seno del entorno más o menos próximo de ETA acerca de la violencia. Han sido pocas las deserciones de consideración pública y la mayor parte de las críticas ha estado matizada temerosamente, bien porque sólo se aludía a la preponderancia de la lucha armada en el seno de un movimiento que tenía que ser más amplio, bien porque se moderaban las expresiones de rechazo por una particular solidaridad en el mundo abertzale o por la maldad intrínseca del adversario. Lo interesante de esa evolución es que, al intentar abrir el abanico de sus acciones y de su influencia, sus valedores precisaron la relación y el intercambio con otros sectores nacionalistas. El riesgo de aceptar como interlocutores o socios a representantes de HB o de otros organismos bajo su influencia ha sido, y sigue siendo, la tentación de proporcionarles un «incentivo político», según la desafortunada expresión del documento del lehendakari Ardanza sobre la pacificación, que, para moderarles, fuera más allá de las reglas de juego de la democracia. No siempre se ha evitado, y habrá de consignarse en el debe de esta última etapa, pero, de hecho, hay que confirmar que el sindicato nacionalista ELA, Elkarri y, en una última fase, varios partidos políticos han generado una dinámica que ha coadyuvado a la tregua de hoy: si se desea, por las razones que fuere, incluso por inicial ardid, esa compañía, debe evitarse aquello que la espante o la retraiga. Algunos de los últimos asesinatos de ETA demostraron que la violencia quebraba esa estrategia, dificultaba conquistas concretas (como la supremacía nacionalista en el mundo sindical) y generaba malestar en cada vez más amplios sectores.

Un error descomunal de quienes seguían pensando que la violencia era el motor y la vanguardia de los logros radicales, además de una atrocidad moral, fue el secuestro y el asesinato de Miguel Angel Blanco. Al impacto social de las imágenes patéticas de Ortega Lara al ser liberado por la Guardia Civil, se unió el drama vivido en directo por millones de ciudadanos, y de manera muy especial por los vascos, durante el mes de julio del pasado año. El clima político y la desazón social dieron muchas vueltas en los meses siguientes pero quedaba un poso de reforzado rechazo al terrorismo, de un espanto que caló también en militantes (y militantes cualificados) de HB, y formalizó la convicción de que sólo la democracia era el camino válido para defender planteamientos políticos e ideológicos. El terrorismo debía contar desde entonces con el rearme moral de la sociedad.

Cuentan que el ex primer ministro irlandés Reynolds, durante una visita al País Vasco, comentaba que, a diferencia de la lenta evolución del IRA, tenía la impresión de que en ETA, y también en HB, los cambios en la dirección eran constantes y siempre hacia un mayor radicalismo. Sin que la transformación haya sido total, la última Mesa Nacional de HB rompe esa desgraciada tradición ya que, desde el principio, aunque sin condenar en ningún caso la violencia de ETA, trató de ampliar el campo de acción política y buscar una cierta autonomía. No puedo saber si este proceso se hubiera dado sin el encarcelamiento de los anteriores dirigentes de HB ya que alguna reflexión sobre la inoperancia de la «socialización del sufrimiento» y el efecto bumerán de algunas actitudes ya se daba en su seno. De todos modos, no se debe tampoco eliminar del conjunto de causas el éxito importante de recientes acciones de las Fuerzas de Seguridad del Estado y el cerco policial que hayan supuesto otras medidas, por mucho que algunas me parezcan, si he de ser sincero, más que dudosas.

Podría ampliarse el catálogo, aunque creo que he reseñado los elementos más importantes. Todos ellos han debido tener su peso a la hora de valorar que el terrorismo se convertía en un callejón sin salida y había que dar paso, siquiera provisionalmente, a otras estrategias. La nueva situación, que el recuerdo de las víctimas presenta como tardía y sobre todo insuficiente, tiene, a mi modo de ver, una virtualidad y un peligro. Porque haya tregua los militantes de ETA, que quieren seguir siendo garantes armados de que sus objetivos se van alcanzando, no se convierten en honrados ciudadanos, pero la virtualidad de la nueva situación es lograr, mediante la acción política, que una hipotética vuelta a las armas se perciba en la propia HB como un retroceso, como la quiebra definitiva de un proyecto al que no hay que darle incentivo alguno, sino el marco adecuado de la democracia.

El peligro, por otra parte, es que cada uno de los que ha tenido algún papel en ese complejo conjunto de causas que ha traído consigo la tregua, piense que su participación ha sido la única o la fundamental y actúen en consecuencia. Es decir, que HB piense que ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, que los nacionalistas crean que sus vínculos con los grupos más radicales, y con ellos la implantación de más nacionalismo, son el único camino para convertir el alto el fuego en definitivo, que los no nacionalistas se cierren a las exploraciones (o al «experimento», como los primeros federalistas norteamericanos llamaban a su propia Constitución), que el Gobierno crea que basta exclusivamente con el exitoso cerco policial. Exhibir pomposamente las medallas sería desaprovechar la oportunidad, precisamente porque sería abandonar la política.

Germán Yanke es subdirector de EL MUNDO.

   

Publicado en EL MUNDO el 18 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“La tregua: Aznar mueve la ficha” por Pablo Sebastián

   

El presidente del Gobierno, José María Aznar, ha reaccionado con diligencia y de manera prudente, pero positiva, al anuncio de la tregua indefinida lanzado por ETA.  Cambiando, en 24 horas, el tono de las primeras reacciones de su Gobierno, marcadas por el escepticismo y la plena desconfianza (Mayor Oreja calificó ayer la oferta de "trampa" y "espejismo"), por una posición mas permeable y moderada. Afirmando que "El gobierno contemplará las posiblidades que puedan abrirse en una situación  fiable del cese de la violencia". Y añadiendo que "no es insensible a las expectativas que la sociedad alimenta en este momento".

Aznar, asumiendo el protagonismo que esta histórica decisión le ofrece, dijo que como presidente del Gobierno seguirá "a la cabeza de ese anhelo compartido" de la paz. Recordando, en su declaración, que cualquier iniciativa política en este terreno debe ser contemplada desde el marco democrático en el que mueven la mayoría de las fuerzas políticas. Y reafirmando que el estatuto vasco y la Constitución siguen siendo "plenamente vigentes".

La posición, prudente pero abierta, de Aznar prueba que el gobierno se está tomando en serio esta situación que ha calado en el conjunto de la sociedad y que podría abrir posiblidades de paz a largo o medio plazo. Acuerdos de importancia crucial para la búsqueda de una solución al problema del terrorismo. Y, junto a ella, alguna fórmula que permita la definitiva articulación en el Estado de las llamadas nacionalidades históricas.

Aunque, de momento, estamos ante los primeros pasos de los que habló ayer el líder del PNV, Xavier Arzallus, que se van a centrar en la confirmación de la tregua por parte de ETA y en  los efectos inmediatos que estos acontecimientos tendrán en las elecciones vascas del próximo 25 de octubre. Difícil y extraño equilibrio el de explorar las posibilidades de paz, sin perder la personalidad política de cada uno en las elecciones que vienen, que pondrá a prueba la habilidad del PP y del PSOE, ante un frente nacionalista que tiene muy claro su mensaje.

En todo caso Aznar (como le gusta decir a él aunque no lo práctica mucho) "movió ficha" y respondió con cierta cautela a la tentadora oferta de ETA. Y lo ha hecho asumiendo, a la vez, el protagonismo que le corresponde, a sabiendas que tiene entre manos una muy difícil pero histórica oportunidad. La que podía consolidar, si triunfa en el intento, su liderazgo político.

A sabiendas de los graves riesgos que estos "primeros pasos" conllevan cuando se trata de avanzar en unas decisiones y negociaciones en las que hoy parece muy difícil, o casi imposible, aventurar un claro desenlace sin que el estruendo de bombas o el sonido de los disparos se vuelva a escuchar. Decíamos ayer que audacia y prudencia son los ingredientes idóneos para abordar la nueva situación creada por este horizonte de paz que hoy parece que va a comenzar.

   

Publicado en estrelladigital.es el 18 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.