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Pedro J erraba completamente su análisis

Por Narrador - 3 de Julio, 2006, 6:38, Categoría: Opiniones (Comentaristas)

“La hora de la política” por Pedro J Ramírez

  

Menuda pareja de despistados. Llevaban varias horas aplaudiéndoles y seguían sin darse cuenta de que eran ellos los que habían metido el gol. El primer cambio de impresiones entre Aznar y Mayor Oreja tras el anuncio de la tregua de ETA parecía un diálogo entre Don Cicuta y Don Vinagre, con el Atlántico por medio. El ministro ya había dicho que era una «gran trampa» y un «espejismo», y el presidente le tachaba por fax las contadas palabras de optimismo incluidas en un proyecto de declaración.

Entre tanto la buena noticia corría de boca en boca, muchos ciudadanos vascos suspiraban con alivio y cada uno lo celebraba a su manera. Hasta el Marca que mostró su sensibilidad al reaccionar con un brillante «Hoy ganamos todos» como portada-cartel de la jornada futbolística europea. Tuvo que amanecer en Lima para que el presidente se diera cuenta -por primera vez Piqué ejerció a su lado una influencia muy positiva en una encrucijada clave- de que la sociedad les estaba dejando atrás y sobre todo de que corrían el riesgo de permitir que el PNV capitalizara poco menos que en solitario lo que en realidad es un éxito de la política antiterrorista del Gobierno.

Sin la liberación de Ortega Lara, sin los desmantelamientos de comandos en España y Francia, sin el acoso diplomático en México, Bélgica o donde haga falta, sin el firme respaldo a resoluciones judiciales como el encarcelamiento de la mesa de HB o el discutible cierre de Egin, sin las movilizaciones populares tras los asesinatos de Miguel Angel Blanco y sus compañeros, sin la capacidad de encaje exhibida por el PP después de cada atentado, ETA no se habría visto empujada a cambiar las pistolas por la política.

De hecho queda amplia constancia hemerográfica de que, al menos en media docena de ocasiones desde que es presidente del Gobierno, Aznar ha hablado de «generosidad» hacia quienes abandonen las armas y de «final dialogado de ETA». Volviendo su reflexión por pasiva puede decirse que la última vez que lo hizo fue cuando se quejó amargamente ante Tony Blair de que ETA respondía con amenazas de aniquilamiento a su actitud de mano tendida. Por otra parte, la indiscreción de un colaborador del líder de la organización pacifista Gernika Gogoratuz permitió hace meses conocer la rotunda disposición de Mayor Oreja a emprender un camino como el que ahora se abre. El propio Juan Gutiérrez, con su idealismo de «clochard» y su amplia experiencia como estudioso del conflicto vasco, me dijo una vez que el ministro empuñaba con una mano un martillo de guerra, mientras se guardaba en la otra una paloma de paz.

Lo que ocurre es que Aznar y Mayor siempre creyeron que ellos podrían controlar la dosis y el momento de la catarsis. Eso sí que era un «espejismo» porque el palo y la zanahoria no podían ser suministrados por el mismo brazo. Por eso ni el diálogo de Argel, ni las famosas «tomas de temperatura» de la etapa anterior cuajaron nunca en nada. Faltaba el intermediario, el compañero de viaje o si se quiere el «policía bueno» que -con sinceridad o impostura- hiciera frente común ante el «policía malo». Nadie podrá negar ahora a Xabier Arzalluz el enorme mérito, trenzado de audacia y paciencia, de haber convencido a ETA de que archivara su eterna obsesión de establecer una negociación directa con el Estado, o mejor aún con sus poderes fácticos. Es verdad que el frente nacionalista que empieza a perfilarse engendrará nuevos problemas y desafíos, pero nunca equiparables -al menos desde una perspectiva humanista- con el desgarramiento del terrorismo.

Hay que reconocer que el atolondramiento gubernamental de los primeros momentos fue compensado con creces el jueves con dos reacciones políticas de altura. Tanto la convocatoria urgente de la cúpula del PSOE a la sede de Interior, como la declaración de Aznar en Lima, prometiendo flexibilidad ante «los nuevos horizontes que de buena fe puedan abrirse», demuestran que son ya plenamente conscientes de lo que de repente se ha puesto en juego. Si se materializara esta posibilidad de poner fin a 30 años de derramamiento de sangre sin que ello implique desviar en nada esencial la voluntad democrática del conjunto de los españoles, este país estaría recibiendo de su clase política el más formidable e inesperado regalo para culminar su transición e iniciar sin lastre alguno el siglo XXI.

De ahí que sea preferible avanzar despacio para no dar pasos en falso y que resulte imprescindible actuar concertadamente con las demás fuerzas políticas y repartir juego para que cada una cumpla su papel. Ni que decir tiene que sin el PSOE nada será posible. Por eso resulta tan alentador que en las últimas horas estemos viendo al mejor Joaquín Almunia desde que llegó a Secretario General y que por fin todas las miradas se desplacen hacia un escenario de futuro en el que Borrell pueda dar sin trabas su medida política. Confiemos en que, pese a su enfurruñado artículo de antes del verano, González no aplique también a este supuesto la ecuación de que si no lo consiguió él, tampoco debe conseguirlo nadie.

Si examinamos el bando de los firmantes del documento de Estella, junto al obvio liderazgo de un PNV cuyos errores y aciertos tendrán efectos decisivos, en con tramos dos posiciones minoritarias, pero extraordinariamente valiosas por su condición de pivotes. Me refiero por una parte a la Eusko Alkartasuna de Carlos Garaikoetxea que si corre el riesgo de perder espacio electoral por sus dos flancos, es precisamente porque tanto el PNV como HB-EH están acercándose a una postura de la que él nunca se ha movido. Y, por la otra, a la vilipendiada Izquierda Unida que a la postre ha tenido la visión y habilidad de convertirse en el único puente con asiento real en las dos orillas -otra vez la metáfora favorita de Anguita- de la nueva situación que se perfila.

Con la combinación de todos estos elementos Aznar tiene ante sí un gigantesco desafío. Tras el obligado paréntesis de la campaña vasca, la etapa de la solidez y la firmeza dejará paso a la del ajuste fino. El presidente tendrá que empezar por arrinconar algunos de sus más arraigados prejuicios, pero es probable que lo consiga. Su proverbial frialdad puede ser un magnífico atributo para la ocasión. El ya ha declarado que si ese es el precio de la paz, está dispuesto a tener que cruzarse un día por la calle con quienes intentaron asesinarle. Precisamente la expectativa que va a abrirse entre los presos etarras -poco menos que olvidados en la larga declaración de sus jefes- será una de sus mejores bazas. En las cárceles calará enseguida la sensación de que es ahora o nunca y quienes vean a su alcance la puerta de la calle, difícilmente consentirán que ni los jarraitxus ni sus mayores frustren la ocasión. No era sabio ni nada Pasqual Maragall cuando el domingo le decía a Ana Romero que «todo» -y ahí incluía lo de Barrionuevo y Vera- empezaría a arreglarse cuando «salieran los gatitos»... ¿Los «gatitos» al completo?, ¿incluidos aquellos que aún guardan girones de carne fresca entre las uñas? Tiempo al tiempo, fijémonos en Stormont.

Nadie puede adivinar cómo terminará esto. Pero sí debemos celebrar cómo empieza. Cada día sin muertos es un triunfo de la civilización sobre la barbarie y hay quienes pueden atribuirselo con más merecimiento que otros. Está claro que habrá que tirar a la papelera todos los guiones preparados para la campaña electoral vasca, puesto que lo que se perfilaba como ajuste de cuentas por lo sucedido en el pasado inmediato se va a convertir más bien en examen de propuestas de futuro. Pero eso no significa que los nombres de Miguel Angel Blanco, Gregorio Ordóñez, Fernando Múgica o los mandos de la Ertzantza asesinados vayan a dejar de estar presentes, sino todo lo contrario. Que los partidarios de ETA hayan tenido que camuflarse bajo un nuevo nombre y que la propia organización terrorista se haya visto obligada a declarar el único alto el fuego indefinido de su historia es, en realidad, la primera prueba tangible de que su sacrificio no ha sido estéril.

   

Publicado en EL MUNDO el domingo 20 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.