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Opiniones (Políticos y Personalidades)

Las Victimas Opinan

Por Narrador - 3 de Julio, 2006, 6:15, Categoría: Opiniones (Políticos y Personalidades)

Una parte de la AVT se ha posicionado contra la tregua desde el primer momento. Otros afectados como Savater saludan la tregua pero tampoco se fían demasiado. Razones tenían ambos.

“No les creemos: es una trampa” por Paulino Baena

   

Huyamos de la euforia. El cese de la actividad terrorista, decretado por la banda asesina ETA, no lo podemos considerar como el punto final de la barbarie. Es hora de mirar atrás, aunque sólo sea un momento, para volver a estremecernos con un paisaje aterrador de 30 años de tierra quemada por la actividad más infame de cuantas es capaz el ser humano: el terrorismo.

Tres décadas de dolor y sufrimiento han dejado 810 cadáveres yaciendo inertes en nuestro recuerdo. Este es el único activo de ETA, su capacidad de matar. No representan a nadie. No son nada. O mejor dicho, son los paladines de la más abyecta especie de seres, huérfanos de moral, pura canalla.

Nada nos impide pensar que mientras se produce la cascada de reacciones por el anuncio de la pausa terrorista (ya es triste que sean siempre ellos los que llevan la iniciativa), los pistoleros de ETA engrasen sus armas por si decidieran en el futuro volver a usarlas.

Trátese o no de una estrategia electoral para atraer votos hacia el nacionalismo vasco en general y hacia la nueva denominación batasuna en particular, lo cierto es que este os perdonamos la vida de forma indefinida tiene muy dudosos visos de perpetuarse en el tiempo.

Hay que tener muy presente el comunicado que la banda terrorista ha difundido, en el que se señalan unos objetivos que traspasan, al límite de lo ilusorio, el marco constitucional y estatutario. En una segunda entrega, pueden pedir medidas que vulneren el Estado de Derecho, único amparo de las víctimas frente a sus agresores.

Son lo que son. Que hayan decidido aparcar sus siniestros métodos, por el momento y de una forma tan vaga como indeterminada (indefinido, dice el diccionario que es lo que no tiene término conocido), no les redime de su condición de asesinos.

La ausencia de amenaza terrorista sólo es posible si quien comete atentados deja de hacerlo, el resto de los ciudadanos no tenemos ninguna influencia sobre esa deseada situación.

Si vuelven a apretar el gatillo que no traten de culpar a la sociedad, a las instituciones o al Gobierno. Son ellos los únicos que matan. Los demás, hasta ahora, sólo hemos puesto la nuca.

Paulino Baena es portavoz de la Asociación Victimas del Terrorismo.

   

Publicado en EL MUNDO el domingo 20 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“¿Tambores de paz?” por Fernando Savater

     

  

Los ciudadanos vascos estamos dando vueltas estos días a una buena noticia y a unas cuantas malas, separadas entre sí por una duda. La buena noticia, como ustedes ya saben, es la tregua total, indefinida y unilateral decidida por ETA. La inmensa mayoría de la gente hemos sentido alivio, alegría, esperanza y todas esas cosas que se han dicho. Una serie de personas pueden hoy pasear sin protección policial y no miran bajo el coche antes de encender el motor, lo cual se agradece más que quienes no han pasado por ese trance suelen suponer. Sobre todo cuando los amenazados con su cotidianidad seriamente interferida por la violencia tenían que aguantar un día sí y otro también que líderes nacionalistas que no padecen tales agobios (por no hablar de algún tonto del culo supuestamente de izquierdas que viaja con ellos hacia ninguna parte) les reprochasen no querer la paz y sentirse muy cómodos con el terrorismo...No se puede decir que la tregua haya sido algo inesperado, porque desde antes del verano se rumoreaba que podía haberla en estas fechas pre-electorales. Pero ello no disminuye la bondad de la noticia, sobre todo cuando no ha llegado precedida de ningún tipo de concesión a la violencia de esas que algunos consideran imprescindibles "para no seguir acumulando muertos todas las semanas". La firmeza institucional se ha mantenido pese a la serie de asesinatos que castigaron al partido gubernamental y el llamado "espíritu de Ermua" de rechazo social sin paliativos a tales crímenes no ha flaqueado, por mucho que insistieran en enterrarlo algunos en el primer aniversario de la inicua ejecución de Miguel Ángel Blanco. Cuando alguien quiere derribar el muro de la estabilidad social a cabezazos, si el muro resiste lo suficiente es la cabeza del que embiste la que suele abrirse e incluso a veces entra en ella un rayito de luz. Esto no es inmovilismo ni intransigencia, sino lógica política.

Tras la buena noticia, llega la duda: ¿por qué ha decidido ahora y no antes o después ETA esta tregua?, ¿no será una trampa cara a las elecciones para apoyar a su brazo político y de paso al resto de los nacionalistas, preocupados por un posible ascenso electoral de los partidos estatales? Incluso aunque lo fuera, la necesidad de ETA de apoyarse en las elecciones no deja de ser algo alentador para los demócratas. Si militarmente les fuesen las cosas bien no hubieran recurrido a una vía política que han rechazado siempre con sumo desprecio. El momento que atraviesa el MNLV, con ex miembros de la mesa nacional de HB en la cárcel, sus finanzas escudriñadas, el Egin cerrado por orden judicial y su partido principal obligado a presentarse a las elecciones bajo nuevas siglas para intentar reforzar el menguante atractivo de las anteriores, no es precisamente favorable. Sin duda, han reunido en torno a sus tesis al resto de los nacionalistas en la declaración de Estella, pero ésta evidentemente no ha sido la causa de la tregua, sino la condición previa para arroparla cuando ya estaba decidida. Por lo demás, el apoyo popular que concitan sus adversidades no puede ser menor. La gente se acostumbra enseguida a prescindir de ellos en cuanto no los tiene encima y por eso ha acogido con entusiasmo el alto el fuego, sean cuales fueren sus razones maquiavélicas. Lo único que cuenta es que ya no peguen tiros y por lo demás, allá penas. A nadie le ha inquietado si la suspensión de la lucha armada retrasará la llegada de la autodeterminación o dará alas al imperialismo español. Lo único que preocupa es que puedan volver antes o después a las andadas. Esta indiferencia debería hacerles pensar, sobre todo porque si luego reinciden les va a ser muy difícil justificar ante los hoy contentos la nueva quiebra de una normalidad que nadie cuestiona.

Y vamos con las malas noticias. Nos las trae la lectura del comunicado de ETA, un texto preocupante si uno se lo toma mínimamente en serio. Dejemos de lado la ausencia del más mínimo atisbo de autocrítica y la autoglorificación repugnante de quienes, tras la amnistía más generosa que imaginarse pueda acompañada de la satisfacción en pocos meses de las principales reivindicaciones nacionalistas, se han pasado dos décadas asesinando y extorsionando a sus ilusionados compatriotas que estrenaban democracia. El lehendakari Ardanza y otras voces paternales nos aconsejan pasar por alto estos desahogos narcisistas: después de todo a los chicos les produce un trauma dejar las armas, qué queréis que digan, ellos también han sufrido y tienen su corazoncito, etcétera. Bueno, vale, son chiquilladas. No nos entretengamos tampoco demasiado con la visión histórica y el análisis político que hacen de los años pretéritos: no se sabe qué admirar más, si la absoluta falta de lucidez o la abrumadora sobreabundancia de mezquindad paranoica. Indudablemente, todo se debe al trauma de dejar las armas porque matar al prójimo es un hábito al que no se renuncia sin secuelas. Y mencionemos al paso el sorprendente olvido en el documento de los presos etarras, ayer en el centro de tantas reivindicaciones, que ahora por lo visto han perdido valor de cambio.

Lo malo es que el texto de ETA no es muy nacionalista, sino declaradamente totalitario. Y eso ya no tiene que ver con la mala interpretación del pasado, sino con la malísima previsión del futuro. El totalitarismo consiste en la negación exterminadora del otro, no en la hostilidad al adversario político. Para ETA sólo son vascos viables -es decir, no candidatos al exilio o a la liquidación- los nacionalistas de uno u otro signo, sean los que se equivocaron aceptando el estatuto de autonomía, los héroes que lo rechazaron desde el principio o los conversos que poco a poco han llegado a la luz. El resto son españolistas recientemente envalentonados que viven entre los vascos, contra los cuales se predica sin rodeos la "persecución social" y con cuyos partidos se prohíbe taxativamente cualquier tipo de convenio político: exeunt omnes. Esta negación de los otros -en la ocurrencia, aproximadamente la mitad de los ciudadanos de la Comunidad Autónoma Vasca, más del 80% de los navarros y el 95% de los vascofranceses- es directamente opuesta al tan publicitado acuerdo de Stormont, que llegó a modificar la Constitución de Irlanda y las fórmulas de aprobación de leyes en el Parlamento del Ulster precisamente para reconocer a todos en el juego, no para borrar a algunos de la viabilidad política. Se aproxima en cambio peligrosamente al manifiesto de Estella, en el cual no se excluye a nadie siempre que acepten el ámbito de decisión establecido por el nacionalismo y también su agenda política de problemas a resolver. El portavoz de HB (o EH, ya no lo sé) Arnaldo Otegi dice que ahora llega el momento de probar que todas las demandas políticas -incluidas la soberanía escisionista y la unidad territorial de Euskadi- pueden conseguirse por vías políticas. Se lo han explicado mal: todo puede defenderse políticamente, pero no todo lo defendido tiene las mismas posibilidades de ser conseguido en el breve plazo de la vida humana y dado el reparto real de fuerzas históricas. Nadie tiene derecho a prefigurar de antemano que la soberanía y la unidad territorial deben ser los resultados obtenidos por el debate político. ¿No nos reclaman discutir "sin límites"? Pues entonces bien podrían salir finalmente gananciosos quienes quieren revisar el estatuto a la baja para corregir transferencias (por ejemplo, educativas) que les parecen excesivas, o los que piden revisar la autonomía fiscal vasca que se les antoja insolidaria, o quienes exigen replantear la normativa lingüística. Por otro lado, resulta absurdo que los partidos nacionalistas insistan en que quienes rechazan los planteamientos de Estella deben presentar alternativas "nacionales" al mismo. ¿Por qué habrían de proponer nuevas soluciones al contencioso político quienes creen en la vigencia del acuerdo constitucional tramado con tanto esfuerzo hace veinte años para resolverlo y están convencidos de que las nuevas opciones que se perfilan sólo lograrán empeorar la convivencia plural? Ya que pluralismo no es permitir a cualquier no nacionalista acercarse a las tesis nacionalistas, sino reconocerle el derecho a sostener las suyas, hoy institucionalmente vigentes.

¿Tregua de ETA? Bienvenida sea y ojalá se convierta en definitiva. Pero, por favor, que no sea utilizada para culpabilizar a quienes, como no matamos, no podemos hacer la renuncia magnánima al crimen para corresponder a los terroristas. Moveremos ficha en las elecciones del 25 de octubre, apoyando a los partidos que ven en la Constitución no un fetiche inmodificable, sino el punto de partida necesario de los que renuncian a la guerra civil. Si otros quieren remontarse a fechas tan peligrosas como 1931, en Estella, están en su derecho a correr el riesgo. Pero sin empujar. Sin empujar.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

   

Publicado en EL PAIS el domingo 20 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

La Sensatez de Juaristi

Por Narrador - 15 de Junio, 2006, 6:01, Categoría: Opiniones (Políticos y Personalidades)

Concluimos nuestro repaso a la prensa del 19 de septiembre también en el diario EL PAIS con la opinión de Juaristi mucho más ajustado a la realidad y, a la larga, certero.

“Ni cese ni dimisión” por Jon Juaristi

   

El nacionalismo vasco no pierde nunca. Mejor dicho, convierte toda pérdida en beneficio. Ni los más dialécticos entre los dialécticos llegaron a soñar en sus pesadillas una estrategia de la retorsión tan tenaz. Adelántate a la pérdida y ganarás siempre: ésta parece ser la pauta oculta de toda la política abertzale desde los tiempos de Sabino Arana Goiri. Comportamiento paradójico que a los no nacionalistas les resulta difícil de entender, porque consiste en algo que parece contradecir la concepción de la política como ámbito sometido a criterios de eficacia y cálculo racional: la instrumentalización de la derrota, el fracaso como arma en la lucha por el poder. En este sentido, ni las más lúcidas reacciones al comunicado de ETA dejan de resultar decepcionantes. Sostener que la organización que ha anunciado la tregua es una banda vencida por el Estado de Derecho, el rechazo de la sociedad y la cooperación internacional contra el terrorismo, por muy certero que resulte, constituye un análisis incompleto. Todos estos factores explican la interrupción de los atentados. Pero no el anuncio del alto el fuego ni el propio contenido del comunicado (mucho más extenso que el anuncio en cuestión). Éstos se inscriben en una nueva estrategia conjunta de las diferentes familias del nacionalismo, reducidas a la unidad tras el llamado Acuerdo de Estella: insidioso golpe de efecto que, a la vez que reconstruye una comunidad abertzale bajo el signo común de un aparente pacifismo a la irlandesa, intenta desarmar moralmente a las fuerzas políticas no nacionalistas, conminándolas a dar una respuesta inmediata a la "oferta de paz" de los terroristas. Supongamos que el Gobierno del PP, apoyado en esto por los socialistas, se negase a tomar en consideración dicha "oferta" (por pura coherencia con su análisis: una organización derrotada no estaría en condiciones de imponer condición alguna) o bien exigiese de ETA, para comenzar a hablar con la banda o sus representantes, un gesto definitivo: la entrega de las armas, como quiera que esto se entienda (en la práctica, la entrega de las armas no pasaría de tener una relevancia meramente simbólica: grupos terroristas como ETA -o incluso como el IRA- poseen arsenales limitados y podrían adquirir otros semejantes sin gran esfuerzo, si decidieran volver a las andadas). En tal caso, ambos, Gobierno y primer partido de la oposición, serían presentados por los nacionalistas -y por IU- como los auténticos culpables de que el "sufrimiento" de la población se prolongase. Sobra decir que los nacionalistas intentarían administrar políticamente ese "sufrimiento".

En el supuesto de que el Gobierno cediera a las presiones nacionalistas, por pocas que fueran las concesiones hechas, se traducirían en un inmediato deterioro de la situación de los ciudadanos no nacionalistas en el País Vasco. Cualquier muestra de debilidad del Estado supondría un aumento del ya preocupante grado de indefensión de aquel sector de la sociedad vasca al que ETA ha definido en su comunicado como objetivo a batir y doblegar; es decir, "quienes son y seguirán siendo enemigos de este proyecto" (el suyo), contra los cuales la banda ha decretado, por segunda vez en lo que llevamos de mes, "la persecución social". Se acabó -de momento- el terrorismo selectivo: el asesinato de concejales del PP, por ejemplo. Comienza la fase de acoso y linchamiento, mediante las formas de terrorismo difuso que el fascismo nacionalista ha ido perfeccionando durante los últimos años, de cualquiera que pretenda plantar cara al nacionalismo reconstruido y rampante. No es alarmismo gratuito: léase el comunicado de ETA con detenimiento, y léase también el que hizo llegar a Radio Euskadi el pasado día 1 de septiembre, abriendo un nuevo frente contra "los enemigos del euskera". No puede concebirse una imitación más fiel del modelo republicano irlandés, ya que en eso estamos. Tras el alto el fuego del IRA, en 1994, el Sinn Fein lanzó su estrategia de movilización callejera para forzar al Gobierno británico a acelerar las negociaciones "de paz". Esta estrategia, anunciada por Gerry Adams el 16 de abril de 1995, se ensayó por vez primera el día 3 de mayo de ese año en Derry, con motivo de la visita de John Mayor, y dejó un saldo de doce policías heridos. Si el Estado se inhibiera ante la puesta en marcha de una estrategia de este tipo (lo que el IRA denomina con el acrónimo TUAS -The unarmed strategy-, y que coincide punto por punto con la que se expone en el comunicado de ETA), los no nacionalistas nos veríamos obligados a aceptar una dictadura social abertzale, a emigrar del país o a adoptar formas -hasta ahora afortunadamente inéditas- de resistencia.

De todas las posibles salidas al problema del terrorismo, la que el Foro de Irlanda ha ensayado es la peor posible. Conduce directamente al enfrentamiento civil. En vez de reforzar la unión de los demócratas, Arzalluz y Garaikoetxea han decidido pactar con las organizaciones del abertzalismo antidemocrático. Que disfruten mientras puedan de las felicitaciones de todas las almas bellas. Han creído que lo de ETA tenía una solución como lo de Javier Clemente. Ni cese ni dimisión: rescisión bilateral del contrato. Ya se irán enterando de cómo suelen terminar estas bufonadas irlandesas, que diría Joyce. Por ahora, lo que se nos viene encima es suficiente para confirmar una verdad melancólica: los vascos no nacionalistas estamos solos en esta galaxia cruel y estúpida que algunos llaman Euskadi en honor a la brevedad. Ni en el PNV ni en EA existe vida inteligente.

   

Publicado en PAIS el 19 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Herrero de Miñón, un estómago agradecido

Por Narrador - 15 de Junio, 2006, 5:50, Categoría: Opiniones (Políticos y Personalidades)

En EL PAIS Miguel Herrero expone una serie de argumentos que hoy mantienen todo su vigor en las declaraciones diarias de socialistas y nacionalistas, mostrando sin rubor hasta que punto se puede hacer dejación de funciones… Parece increíble que un jurista como Herrero hable de "olvidar" la justicia procesal…

"Reglas de ocasión" por Miguel Herrero de Miñón

   

La tregua indefinida acordada unilateralmente por ETA supone, a todas luces, un nuevo escenario que ofrece ocasiones hasta ahora inéditas para la consecución de la paz en Euskadi. Nadie, verdaderamente responsable, ha podido negarlo por muchas que sean las reticencias de que han hecho gala los diferentes portavoces políticos que se han pronunciado al respecto. Y es claro que es de todo punto necesario aprovechar esa ocasión. No porque sea irrepetible. Antes al contrario, si ahora se dejara pasar se reiteraría, necesariamente, a medio plazo, pero dejando más víctimas en el camino -y la mayor muestra de solidaridad con ellas consiste en evitarlas- y en condiciones cada vez más duras y difíciles. Se trata, en consecuencia, de convertir en definitiva la tregua ya indefinida y, a partir de ella, consolidar la paz y la situación singular que Euskadi necesita para desarrollar su personalidad y decidir democráticamente su futuro como corresponde a una sociedad abierta. Dicho sea de paso que, como españolista que soy, españolista de la España Grande, nada mejor puedo desear. Sin duda, la sociedad entera en Euskadi y en el conjunto de España tiene que apoyar el proceso de paz, sabiendo que este valor ha de primar sobre el de justicia procesal y, mucho más, sobre el de venganza. La sociedad tiene su propia dinámica y eso es ya muy importante, pero además le toca apoyar y presionar sobre las instituciones y los poderes públicos porque a ellos corresponde dar los pasos necesarios para aprovechar la ocasión.

Primero, tomar la declaración de ETA en el mejor de los sentidos posibles. Nada importan sus condicionamientos electorales porque, como es sabido, toda posición política está sobredeterminada. Lo importante es asumir lo que de positivo hay en ella, sabiendo que la primera declaración pacífica de un movimiento violento ha de ser, necesariamente, radical. Si se parte de considerarla una trampa se la condena a que lo sea. Si se la toma muy en serio se hará cada vez más realista y seria.

Segundo, no alardear de haber acertado y seguir acertando y humillar al contrario achacando a la debilidad o la división la mejor de sus iniciativas. ¡No se dé la razón a los más violentos de entre los violentos, descalificando la suspensión de la violencia!

Tercero, corresponder a la tregua con gestos tan simbólicos como eficaces. Pero el tiempo, por sí sólo, no dice nada. Hay que llenarlo con rápidas y sucesivas medidas de política penitenciaria y de gracia que, debidamente articuladas, podrían, además, resolver otros problemas irresponsablemente planteados.

Cuarto, tras las elecciones vascas y consolidada la tregua, plena disponibilidad a negociar el futuro de Euskadi. Y eso supone hablar con todos, no sólo con los ya convencidos, sin condiciones previas y estar dispuestos a seguir hablando incluso si se deteriora la situación. Sin duda, hablar con la Constitución en la mano, pero utilizándola no como arma arrojadiza, sino como instrumento útil para la paz, la construcción nacional y las opciones democráticas. Esto es, con la imaginación que debiera tener el político. Y en ese campo las palabras son muy importantes. Las hay de presa, con pico y garras, como nación, soberanía o autodeterminación. A los políticos corresponde hacerlas pacíficas y vigorosas palabras de tiro del carro común.

Quinto, no implicar en este acuciante problema las legítimas reivindicaciones catalanas o gallegas. La paz en Euskadi es valiosa allí y para España entera. Vale la pena un esfuerzo más y es justo reconocer que el catalanismo ha hecho mucho en pro de la estabilidad y gobernabilidad del Estado común. El buque de la flexibilidad constitucional necesaria para encajar la plurinacionalidad española es sumamente difícil de botar: déjesele alcanzar el alta mar sin lastre excesivo. Todos saldremos ganando en términos históricos. Los que importan a los políticos llamados a hacer historia.

   

Publicado en PAIS el 19 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Repugnante Equidistancia de Javier Madrazo

Por Narrador - 15 de Junio, 2006, 5:39, Categoría: Opiniones (Políticos y Personalidades)

Comprueben ustedes mismos el ejercicio de cinismo presentado por Madrazo en las páginas del diario EL MUNDO. Con la perspectiva del tiempo todo se entiende "clarito"… El mismo discurso en aquella tregua trampa y en la que ahora vivimos…

La Paz en Euskadi, Más Cerca por Javier Madrazo

   

Como dirigente de Izquierda Unida/Ezker Batua y ciudadano vasco de a pie, padre de dos hijos de corta edad, he de admitir que el pasado miércoles fue uno de los días más felices de mi vida. El motivo no puede ser más obvio. El anuncio de una tregua indefinida y sin condiciones por parte de ETA marca un hito en la historia de nuestra comunidad, y abre la puerta a un nuevo escenario político y social, que puede poner punto final a 30 años de dolor y sufrimiento.

No puedo negar tampoco que a medida que las noticias y las reacciones nos llegaban puntuales a través de los medios de comunicación, mi primer pensamiento estuvo dedicado a todas aquellas personas y familias que han sido víctimas del zarpazo del terrorismo. Este recuerdo a quienes han sido protagonistas de nuestro pasado más sombrío me reafirmó, una vez más, en nuestra apuesta por la paz y el diálogo como única resolución válida al llamado conflicto vasco.

En este momento, es preciso que todas las partes implicadas en el proceso, partidos políticos, agentes sociales y la propia sociedad, tomemos conciencia de nuestro papel y actuemos en consecuencia. No podemos dejar pasar esta oportunidad porque la ciudadanía de Euskadi no nos lo perdonaría nunca y, además, con toda la razón. Creo que ha llegado la hora de la verdad, aquella que todos estábamos esperando para trabajar decididamente y con coraje por la pacificación y la normalización de Euskadi. Izquierda Unida/Ezker Batua estará ahí, en primera línea, y con nosotros también Izquierda Unida federal, que al día de hoy es la única fuerza política del Estado que prima la reconciliación sobre intereses partidistas y electorales.

En este sentido, debo hacer un emplazamiento público al PP y al PSOE, a los que invito a reflexionar sobre el anuncio de ETA y las repercusiones políticas y sociales de éste. Deseo que estas dos fuerzas demuestren visión de Estado y se sumen sin miedo a un proceso de paz que necesita de su concurso para llegar a buen puerto y poder cerrar definitivamente el conflicto vasco. El presidente Aznar y el secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, no pueden escudarse por más tiempo en palabras vagas como prudencia, cautela o escepticismo. Tienen que arriesgar, actuar con audacia e imaginación, superando la etapa de desconcierto y cierre de filas en la que se hallan inmersos.

Es cierto que son muchos años de un único discurso, y precisamente por ello aún necesitarán tiempo para adecuarse a esta nueva etapa. Ahora bien, que sepan que el clamor por la paz no sólo existe en Euskadi sino que éste se extiende al conjunto del Estado. El inmovilismo y el enquistamiento son siempre malos compañeros de viaje, máxime cuando nos encontramos en el inicio de un período especialmente dulce para quienes hemos convivido durante tres largas décadas con el temor a una acción terrorista.

En este sentido, a nadie se le escapa que por primera vez en mucho tiempo los concejales del Partido Popular en Euskadi pueden salir a la calle sin miedo. Sólo por este hecho, el Gobierno debe reflexionar y propiciar, a su vez, gestos de distensión, que contribuyan a extender el optimismo y la esperanza. El acercamiento de todos los presos a sus lugares de origen es una reivindicación legal y humana que el Partido Popular debe atender sin más dilación, demostrando así un nuevo talante político más acorde con este contexto de cese de la violencia.

El Gobierno de José María Aznar y el PSOE no tienen argumentos de peso para cerrar los ojos a esta realidad. El punto décimo del Pacto de Ajuria Enea se ha cumplido, tal y como ellos han demandado siempre, y por fin ETA ha dado muestras inequívocas de abandono de la violencia. Ahora, por tanto, ha llegado el turno de desbloquear el debate sobre otros aspectos recogidos en un Acuerdo suscrito hace 10 años. El punto octavo, y el PP y el PSOE lo saben muy bien, reconoce «la legitimidad de todas las ideas, expresadas democráticamente, que tienen en el marco parlamentario la vía de defensa y, en su caso, de incorporación al ordenamiento jurídico de cualquier reivindicación».

Es decir, el Pacto de Ajuria Enea admite implícitamente el respeto a la voluntad popular libremente expresada y le concede, de hecho, carta de naturaleza para modificar el statu quo actual, incluida la Constitución y el Estatuto de Autonomía. En cualquier caso, no puedo dejar pasar la oportunidad que me brinda este diario para mostrar mi estupor ante la defensa acérrima que el Partido Popular y el PSOE hacen en la actualidad de estos dos textos, cuando son ellos los responsables directos de la violación de artículos esenciales de éstos, que hacen referencia a cuestiones de índole social o desarrollo del autogobierno. Es ésta una prueba de cinismo sin límite, máxime en boca de aquellos que han defendido la guerra sucia y han amparado un régimen basado en el nepotismo y la corrupción.

De todos modos, no es éste el momento apropiado para mirar hacia atrás. Al contrario, tenemos un futuro importante por delante y ahora basta con mostrar flexibilidad y una disposición favorable al consenso. Este es el reto que nos ocupará en las próximas semanas, y estoy convencido de que el Gobierno del PP y el PSOE recibirán infinidad de propuestas de sus homónimos europeos y organismos internacionales, instándoles a que no renuncien a la consecución de la paz de Euskadi.

El pacto de Ajuria Enea les ofrece una cobertura política y social para que avancen, junto con todos los representantes legítimos del pueblo vasco, en la senda del diálogo y el reconocimiento de la soberanía popular.

Una vez que ETA ha decretado un cese indefinido de la violencia, es tiempo de sentarnos a hablar. El único límite, y así lo ha defendido siempre Izquierda Unidad/Ezker Batua, queda definido por la palabra de la sociedad, a la que hay que dar voz y autoridad. Debemos profundizar unidos en la democracia y en el régimen de libertades sin la presión de las armas, pero también sin el temor a perder posiciones políticas o réditos partidistas.

    

Publicado en EL MUNDO el 19 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Un poco de Sentido Común

Por Narrador - 14 de Junio, 2006, 5:46, Categoría: Opiniones (Políticos y Personalidades)

Matices al margen, nos quitamos el mal sabor de boca con esta exposición de Juan Olavaria. Son muchas las verdades que se dicen en este artículo y también se publicaba en el diario EL PAIS

“Juego limpio” por Juan Olabarría Agra

   

En los años finales del franquismo, la cúpula del poder pretendió dejar el futuro de España "atado y bien atado". Pero justamente aquella parte de la sociedad española que se había sentido cómoda con el régimen acabó por abandonarlo, convirtiéndose a la democracia, y renunciando por ello a la exclusión política de la "otra España".

En adelante el nacionalismo español fue correctamente juzgado en función de lo que había sido: una ideología de extrema derecha destinada a justificar el monopolio del poder. La consecuencia práctica de estos principios fue la alternancia política, es decir, la posibilidad de acceso al poder de aquellos españoles que hasta entonces habían sido violentamente excluidos de él.

La historia no ha sido la misma para la sociedad vasca. A la muerte del dictador, una parte de la clase media, agrupada fundamentalmente en torno al partido nacionalista mayoritario, ha pasado a monopolizar absolutamente todos los poderes (no sólo políticos, sino económicos y sociales) hasta tal punto que la sola idea de alternancia política despierta temor en unos y sonrisas despectivas en otros.

¿Cuáles han sido los factores que han hecho posible esta anomalía en el funcionamiento democrático? El primero de ellos es el falseamiento victimista de la historia reciente. Así, la guerra civil no se interpreta como una agresión del fascismo contra la democracia, sino como una agresión de España contra el País Vasco y contra su "representante natural": el nacionalismo vasco.

Por tanto, las demás fuerzas políticas (incluidos los defensores de la República que continuaron defendiéndola después de la rendición nacionalista en Santoña) eran culpables y debían pagar un tributo reparador de su culpa. La izquierda, lejos de combatir el mito, pareció plegarse a él mientras una parte de la derecha más antidemocrática, el carlismo, pasaba a engrosar las filas del PNV y de HB.

Por otra parte, el terrorismo político, mucho más intenso desde que se instauró la democracia, dio al nacionalismo no violento un papel arbitral como supuesto "pacificador insustituible", que acabó de consolidar su hegemonía dentro del País Vasco como protector y fuera de él como interlocutor privilegiado.

Y es precisamente esta situación de titulares perpetuos e indiscutidos del poder en una sociedad clientelar o amedrentada la que explica su inmovilismo ideológico, pues en tales condiciones los nacionalistas no han necesitado en absoluto modernizar o democratizar su ideología legitimadora. Tanto más cuanto que el mensaje es muy simple: "Para ser vasco hay que ser nacionalista; si no votas nacionalista eres un enemigo del pueblo vasco".

Se supone que ser nacionalista es lo natural, o sea, algo sobre lo que nuestra voluntad no puede decidir. De ahí que los nacionalistas no se molesten en argumentar, en decirnos por qué es preciso "construir entre todos la nación vasca". Se trata de un deber, de un mandato de la historia y de los muertos, que nos obliga a asumir unos valores, una forma de ser y pensar, que el "partido-guía" ha definido previamente según la voluntad de sus pastores.

A la "vanguardia de la nación" le trae sin cuidado el hecho de que esta supuesta e impuesta identidad colectiva sea abiertamente contraria al pluralismo democrático y a la libertad de los individuos tal como se entienden en un moderno Estado de derecho.

Si se tiene en cuenta que las instituciones se emplean sin pudor al servicio de la ideología oficial y que tras el lenguaje conminatorio de unos está la amenaza mortal de otros, no puede sorprendernos que el concepto mismo de democracia, por no hablar de su realidad, carezca de un firme asentamiento en la cultura política.

Pero, a pesar de todas las coacciones, la evolución electoral está revelando desde hace ocho años un incremento de las fuerzas políticas no nacionalistas; la aplicación de la ley contra los desmanes del fascismo no ha provocado la reacción adversa de la sociedad que los llamados nacionalistas democráticos anunciaban o esperaban; la idea de que el terror pueda ser "la política por otros medios" tiene cada vez menos adeptos; la exigencia de una democracia en la que el respeto al pluralismo sea efectivo y no mera retórica; de un lehendakari que asuma la representación de todos y no sólo la de los "vascos buenos", son demandas sociales que no permiten mirar para otro lado.

Y, sin embargo, el "partido-guía" mira obstinadamente en otra dirección. El mismo lehendakari que en julio de 1997 había acusado a HB de fascismo y complicidad con el terror ("tenéis las manos manchadas de sangre") y que había pedido su aislamiento político, tardó seis meses en propugnar conversaciones con los fascistas de la víspera.

La culminación lógica de estos contactos es la actual tregua indefinida de ETA, lanzada como un órdago electoral. Ahora, cuando se está acentuando la debilidad de ETA y cuando HB tiene que cambiar de nombre, no por temor a ser ilegalizada, sino para disociarse de su historia anterior y salvarse de un desprestigio social creciente, cuando todo esto sucede, los autodenominados nacionalistas democráticos juegan su gran baza: vender paz a cambio de cesiones políticas, pues no es otro el significado de la "tregua indefinida" que ETA acaba de plantear.

El texto publicado por ETA sitúa el origen del "contencioso vasco" en la actitud del Estado español y francés (como se sabe, los votos nacionalistas no alcanzan en el País Vasco francés el 5%). Si una zona con el 5% de votos nacionalistas debe ser integrada en el futuro País Vasco independiente, es evidente que el derecho de autodeterminación que se invoca no pasa de ser una farsa, que el sujeto de ese supuesto derecho no son los individuos reales, sino el país mental de un patriota enloquecido.

Son esas cosas las que hacen pensar si el contencioso vasco no será el contencioso que algunos vascos tienen con la democracia. El texto, que habla de un "autonomismo disgregador", ignora olímpicamente que el Estatuto es la única institución que goza entre nosotros de un consenso generalizado. Pero esto carece de importancia habida cuenta de que nuestra "vanguardia nacional" nos señala en el mismo documento el objetivo de la independencia como "la escalera que hay que subir peldaño a peldaño".

La paz la deseamos todos, lo que no es deseable es subir a empujones ciertas escaleras. Si el cese de la violencia tiene como resultado el que todos hagamos lo que los violentos quieren, habremos quebrado el principio esencial de la democracia; si los votos van a estar sobrerepresentados por el terror desaparecerá todo resto de libertad, porque además no tendremos garantías de que el chantaje no vuelva a intentarse.

El PNV, principal organizador de esta farsa, no puede ignorarlo. ¿Por qué quiere entonces someter a toda la sociedad vasca a esta humillación inútil, a esta claudicación de los demócratas? La relación del PNV con el nacionalismo fascista es contradictoria. La sociedad se está rebelando y no admite ya ser violentada sistemáticamente; el terror, que en otros tiempos fue un importante instrumento de persuasión y que acarreaba las ovejas hacia el redil del "partido-guía", ha empezado a suscitar una reacción contraria.

Urge por tanto al PNV (así lo indica la evolución electoral) que el terror desaparezca, pero sus dirigentes perciben instintivamente que si, repudiado por la sociedad, el terror tuviese que desaparecer a cambio de nada, la hegemonía nacionalista podría ser puesta en entredicho.

Necesitan la paz para no ser asociados a la violencia, pero necesitan la violencia de otros para monopolizar el poder. El terrorismo es para ellos una túnica de Neso: abrasa a la vez que está pegada a la piel. Si permanecen con ella puesta, se queman; si se la quitan, se arrancan parte de su propia carne. Por eso llevan seis años intentando quebrar el pacto de Ajuria Enea y por eso están intentando invertirlo: en lugar de aislar a los fascistas, aislar a los demócratas.

La negociación política resolvería la cuadratura del círculo: acabar con la violencia conservando la hegemonía. Pues proponer la autodeterminación cuando el voto nacionalista lleva ocho años debilitándose no es evidentemente un objetivo real, sino una baza negociable para conseguir otra cosa.

Si lo que el nacionalismo quiere conseguir a cambio del cese del terror son unas condiciones favorables que le garanticen la hegemonía perpetua, entonces alguien debe explicarles que eso no es posible. Pues en democracia no existe ningún elixir que permita a un partido político conseguir lo que todos desearían: la inmortalidad en el poder.

Juan Olabarría Agra es profesor titular de Historia del Pensamiento Político de la UPV.

   

Publicado en EL PAIS el 18 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

La Desvergüenza de Margarita Robles

Por Narrador - 14 de Junio, 2006, 5:43, Categoría: Opiniones (Políticos y Personalidades)

De los distintos artículos publicados el 18 de Septiembre en los medios informativos españoles he desempolvado uno de Margarita Robles (la mano derecha o izquierda, junto a ‘de la Vogue’ del bi-ministro Belloch en Interior), la que pretendía ocupar un puesto en el Supremo recientemente.

Créanme que es difícil encontrar tal sarta de despropósitos, de falacias, tal cúmulo de errores, de sectarismo. Es lamentable, pero lo peor de todo es que su ‘discurso’ es prácticamente igual al que siete años después seguimos escuchando. Lean y asómbrense:

“Ante la tregua” por Margarita Robles

    

La declaración de una tregua indefinida por parte de ETA constituye, sin género de duda alguna, una magnífica noticia para todas las gentes de bien, que llevan años mostrando su anhelo por alcanzar la paz en Euskadi, construyendo una sociedad en que el diálogo y la tolerancia sustituyan a la violencia sin sentido. Ha sido la inmensa mayoría de la ciudadanía vasca, con la que tantos nos hemos sentido identificados, la que, desde el evidente reconocimiento de que la búsqueda de la pacificación sólo podía abordarse desde una perspectiva política, ha pedido a ETA el cese de la violencia, en el marco del efectivo funcionamiento del Estado de derecho. Se impone igualmente señalar que la declaración de tregua, precedida de un cambio de estrategia más acorde con el actual momento histórico y con esa voluntad ciudadana, por parte de la dirección de Herri Batasuna, constituye una verdadera iniciativa política de aquella organización, que en este caso sí se ha identificado con el clamor del pueblo vasco, al que decía representar.

No faltarán quienes en estos momentos y ante una declaración de esta trascendencia muestren -hay que pensar que desde la buena fe- sus reticencias y hablen de treguas trampas o de estrategias electorales ante los próximos comicios vascos. Sin embargo, tal planteamiento constituye un enfoque equivocado de la realidad. No puede olvidarse que en los últimos tiempos algo muy importante se venía moviendo en la vida política vasca y en el propio seno de la izquierda abertzale.

Este movimiento, del que la Declaración de Lizarra ha sido una evidente manifestación y del que hay que resaltar el coraje, no ya sólo de los partidos políticos que la han suscrito, pese a las incomprensiones con las que podían encontrarse, sino de las distintas organizaciones sindicales y de toda índole que la apoyaron, se ha generado por esa inequívoca voluntad de la ciudadanía vasca de alcanzar la paz ante la ausencia de iniciativas en la búsqueda de la pacificación por parte de determinados responsables políticos. Quienes, desde esa responsabilidad, únicamente aludían a respuestas de índole policial, enrocándose en una retórica cada vez más incomprensible tratando de acentuar el enfrentamiento entre nacionalistas y no nacionalistas, quienes se negaban a responder o debatir las propuestas que se les formulaban para abrir un proceso de paz, dejando en papel mojado los Pactos de Ajuria Enea y Madrid, quienes pretendían que se diera un cheque en blanco a sus iniciativas, sin admitir críticas o se negaban a analizar, con diferentes argumentaciones, lo que estaba ocurriendo en Irlanda del Norte, donde Tony Blair había apostado abiertamente por el diálogo como único camino para alcanzar la paz, deberían sacar sus propias conclusiones.

Ya no es el momento de las descalificaciones, sino del trabajo sin exclusiones. La declaración de tregua, con toda la ilusión que de ella se deriva, no constituye el final sino el principio de un proceso que, como se ha demostrado no sólo en Irlanda sino en otros ámbitos geográficos, no estará exento de dificultades y exigirá, por tanto, ese trabajo conjunto y sin reproches.

Esta sociedad quiere la paz. Por tal razón, desde el recuerdo de las víctimas tal y como expresamente se mencionaba en el Acuerdo de Stormont, para acabar con 30 años de sufrimiento y pese a la cercanía del proceso electoral, debe imponerse la generosidad, sin que nadie quiera capitalizar resultados o poner trabas a los esfuerzos, muchas veces incomprendidos e injustamente tratados, verificados por otros. Es necesario que con esos parámetros todos los partidos firmantes de los Pactos de Ajuria Enea y de Madrid sepan estar a la altura de las circunstancias, abordando sin complejos ni pretextos un proceso de diálogo político, mirando hacia el futuro y hacia la reconciliación.

Los ciudadanos deben seguir exigiendo a unos y a otros que continúen sin descanso en esa búsqueda: que se cumpla la legislación penitenciaria con el acercamiento de los presos a sus lugares de residencia, tal y como reiteradamente ha pedido el Parlamento vasco y con la aplicación sin cicatería de todos aquellos beneficios que el marco normativo permita; que el pasado no se convierta, utilizándolo como un instrumento en la lucha partidista, en un arma arrojadiza, y que la violencia no vuelva a constituir el modo de expresión de nadie, por resultar estéril y absurda. En ese cese de la violencia no puede en modo alguno retrocederse.

Las esperanzas que hoy se han generado no deben verse frustradas. El camino que se inicia en la búsqueda de la paz tiene que ser irreversible. Sólo así, después de tanto inútil sufrimiento, se habrá consolidado la democracia en nuestro país.

Margarita Robles es magistrada de la Audiencia Nacional y fue secretaria de Estado de Interior

   

Publicado en EL PAIS el 18 de septiembre de 1998. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.